Sobre el Día de la Liberación - La Creación

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Sobre La Creación
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Sobre la Herencia del Mar
La lluvia caía con intensidad y el repiqueteo de las gotas sobre las armaduras lo ayudaban a meditar, por extraño que pareciese. Phistos el Apóstol, como los seguidores del Mesías lo llamaba junto a sus compañeros, aunque durante muchos años lo llamasen Phistos el Asesino, no tenía amigos entre ellos; Phistos el Traidor, así se referían a él sus antiguos amigos del imperio, ahora enemigos acérrimos. Eran pocos los momentos de su vida en los que había encontrado la paz, la tranquilidad, el descanso. Eso fue lo que más le sorprendió al encontrarse por primera vez frente al Ungido. Quizá por eso decidió unirse a su causa. Alrededor del Mesías, solo se respiraba tranquilidad, armonía, paz. Era el único ser que había encontrado determinado a acabar con las continuas luchas intestinas entre los seres que habitan La Creación. Que fuese un simple hombre o un Dios no tenía importancia; para Phistos, solo importaba que era el único capaz de lograrlo.
O lo habría sido si no hubiese caído en las manos de los Trece.
Volvió a mirar el cielo, dejando que las gotas de lluvia le lavasen la cara.
—¿Señor? Las tropas están listas —dijo el capitán de la guardia.
Era un hombre sencillo, honesto, gran luchador y mejor líder. Provenía de Borealion, como él mismo, y habían combatido muchas campañas juntos. Era un soldado cuyo sentido de la vida empezaba y acababa con el cumplimiento de las órdenes una vez elegida la causa por la que luchar. Lo envidiaba.
—Gracias, Harald. Comenzad el ataque.
Ninguno de sus compañeros podía explicar cómo consiguieron capturar al Mesías; tras años de combates, por fin habían liberado del yugo imperial y la opresión de la Verdadera Fe a la mayor parte de los reinos. La vida sin libertad no era tal y, sin esta, con demasiada facilidad la paz se confundía con la obediencia ciega, el fanatismo y la esclavitud. Las peores cadenas son aquellas que no se ven. Phistos lo sabía mejor que nadie. En nombre de su antiguo Dios había cometido actos atroces por los que jamás podría expiar su culpa. «Tu redención será tu vida», le dijo el Mesías cuando cayó de rodillas ante él, implorando perdón. «No soy quién para perdonarte —dijo el Ungido—, solo tú puedes hacerlo».
El Apóstol nunca fue una persona piadosa, empujado por las ansias de poder con las que lo habían alimentado desde pequeño, persiguió el sueño de la grandeza con lo único que sabía hacer: matar. Una vida, la suya, no sería suficiente para pagar la deuda contraída.
Las tropas se pusieron en marcha con el sonido de las trompetas y los tambores que resonaron por encima de la lluvia y el ruido de millares de botas golpeando el adoquinado de la ciudad imperial. Habían llegado hasta las murallas interiores de Sacromonte, donde el Mesías permanecía recluido; el plan de Aeneas estaba dando sus frutos: dividir la Gran Armada. Con una parte al mando de cada uno de los Apóstoles, obligaron a sus enemigos a defenderse de todos los lados a la vez. Habitantes de los rincones más dispares de La Creación acudían a salvar a aquel que les traía la liberación. Humanos, enanos, oníridos, fáunidos, elfos, orcos y demás razas luchando bajo la misma bandera. Simples hombres y mujeres unidos por la misma causa. Jamás se había visto nada igual.
Flechas y piedras cayeron sobre los atacantes causando estragos entre sus filas sin llegar a detenerles. Antes de que alcanzasen los muros y el ejército que frente a ellos se encontraba esperándolos con los escudos en alto, levantó los brazos al cielo y habló:
Armata Luminosae.
Su profunda voz llegó hasta los oídos de los defensores. Cientos de soldados aparecieron de la nada sobre las murallas y acabaron con muchos imperiales atravesándolos con sus resplandecientes lanzas; hechos de luz, habían sido creados por el encantamiento del Apóstol.
Las tropas que esperaban en la explanada recibieron el envite de los asaltadores y centenares de vidas fueron truncadas en un solo instante. No había cuartel, no podía haberlo. Vencer equivalía a sobrevivir, la derrota era Muerte. Los sacerdotes de la fe lanzaron sus hechizos mediante oraciones a su Dios. A ellos se opusieron chamanes, brujos, hechiceros y los oradores de la nueva Iglesia, todos ellos cargados con el resentimiento acumulado por años de persecución. La energía creadora inundó el ambiente y las explosiones derribaron los pocos edificios que aún quedaban en pie.
Él lo había visto ya. Ordenó a su montura avanzar; el caballo, contagiado por la tranquilidad del jinete, empezó a caminar despacio, ignorando el caos que lo circundaba. Phistos sabía que aquella jornada se concluiría con una victoria, no podía ser de otra forma, aunque la energía de La Creación acumulada en el lugar era tan abrumadora, que el brillo le impedía ver el Lienzo de Destino más allá de ese punto. Nada sabía del futuro. Aquello lo inquietaba.
Con la hoja helada de su larga lanza, acabó rápidamente con la vida de los dos incautos que se pusieron en su camino. Buscó con la mirada al comandante del ejército enemigo, el único que podía rivalizar con él en combate.
Phistos ignoró el rumor y los gritos de la batalla, demasiados había oído durante su existencia, sangre suficiente para llenar muchas vidas, y aun así, el descanso le era negado. Mató para alcanzar la gloria y ahora mataba para la redención. «Esta vez es diferente —se dijo—, el Mesías lo cambiará todo». Le resultaba increíble que los Trece, incluso con todo su poder, hubiesen conseguido apresar al Ungido, con diferencia el mejor guerrero que había visto, incluida Aeneas. Quizá el nuevo Primer Caballero de la Verdad, aquel que llamaban Último Iluminado, fuese extraordinario, sin embargo dudaba que alguien así hubiese aparecido en tan poco tiempo.
Por alguna razón, el sumo sacerdote Ischyros y los demás altos inquisidores no habían acabado todavía con la vida del profeta. Phistos, a diferencia de los otros Apóstoles, sabía lo difícil que resultaba levantar un arma contra el Ungido. Eso no quería decir que fuese inmortal. E Ischyros era un hombre muy astuto y ambicioso.
—¡Traidor! Tu momento ha llegado.
La llamada del comandante enemigo lo sacó de sus cavilaciones. A su izquierda apareció Tharráleos, un general de gran estatura y fuertes brazos que sujetaba un enorme martillo de guerra. Anclada a las hombreras de la coraza que le cubría el pecho llevaba el manto purpúreo, señal de su alto rango. Todo él estaba recubierto por la sangre de sus enemigos; los guerreros de su guardia personal, excepcionales luchadores, habían abierto una brecha para permitir que su señor alcanzase a Phistos.
Este desmontó de su caballo, pues el comandante imperial iba a pie.
—De todos los generales del imperio, eres el único al que deseaba evitar —dijo Phistos con amargura.
—Yo, en cambio, elegí este frente al saber que el Traidor se encontraba aquí.
—Te imploro Tharráleos: ¡depón tus armas! Es inútil que niegues la verdad que pongo ante tus ojos. No vivas más en la ceguera del engaño, me conoces, fuimos amigos.
—Tú decidiste abandonar la luz y rodearte de tinieblas, es hora de que mueras.
El general se lanzó corriendo hacia Phistos, balanceó la cabeza del martillo y aprovechó su impulso para descargar un terrible golpe sobre el Apóstol; este reaccionó a tiempo, se movió hacia un lado y usó su larga lanza para desviar el golpe mortal. Tharráleos, empujado por la inercia del movimiento, siguió avanzando, aunque logró esquivar el extremo de la lanza del Apóstol que este había dejado a la altura de las piernas para derribarlo. Se conocían bien, ambos tenían la misma edad y habían aprendido a combatir juntos.
—El Mesías me ha mostrado lo equivocado que estaba —gritó Phistos en medio del tumulto de la batalla—, deja que te lo enseñe.
—En breve, tu Falso Profeta no podrá enseñar nada más a nadie.
—¿Qué habéis preparado? ¿Quién es el Último Iluminado?
—Alguien más poderoso que tú. Yo no seré la única sorpresa del día, aunque no llegarás a ver en lo que se ha convertido.
El general arremetió de nuevo con un grito de furia. Phistos continuó defendiéndose, con la lanza o con la energía creadora, su oponente era un gran guerrero y la estima que todavía conservaba hacia él le impedía luchar. Quería hacerle razonar, solo que no sabía bien cómo.
Un terrible estruendo lanzó por el aire tierra, rocas y soldados. Los chamanes orcos habían invocado con su canto a los espíritus del fuego y la tierra para destruir las defensas de la ciudad. Toda una sección de la muralla había desaparecido y las tropas de refresco acudían hacia la brecha mientras que los confundidos defensores del imperio trataban en vano de sellar el enorme espacio creado donde una vez existieron los muros.
Phistos y Tharráleos también se vieron afectados por la repentina explosión, ambos habían acabado en el suelo, desorientados. El Apóstol trató de ponerse en pie, el fuerte zumbido de sus oídos atenuaba los ruidos del combate. En el cielo, un cúmulo de nubes negras se había formado cubriendo Montolimpo y el centro de Sacromonte, numerosos rayos azulados se extendían desde su centro por todo el cielo mientras la oscuridad abarcaba poco a poco toda la ciudad.
Junto a Phistos apareció el general, se había recuperado antes que él sin dejarse distraer por el extraño fenómeno. Tharráleos alzó su martillo; al ver a su antiguo amigo allí postrado, indefenso, le asaltaron a la memoria todos los recuerdos de la vida pasada juntos. Dudó. Fue solo un instante, que resultó fatal.
Vermem Spiritalem.
Phistos reaccionó por instinto, sorprendido y sin control, pues aún estaba aturdido. Los ojos, la boca y los oídos del general brillaron con una fuerte luz blanca; Tharráleos cayó al suelo con un grito de dolor, muerto.
El Apóstol se arrastró hasta el cadáver de su viejo compañero, horrorizado por lo que había hecho.
—Que el Libertador te brinde un nuevo inicio, amigo mío. Lo siento.
Se obligó a concentrarse en lo que ocurría a su alrededor, ignorando el vacío que le había causado la muerte del general. «Phistos el Asesino», aquellas palabras volvieron a resonar con fuerza en su interior; las ignoró, ya vendría el tiempo de hacer las cuentas con sus fantasmas, la lista era larga. El Ungido estaba en peligro.
Se levantó recogiendo su lanza. Orcos, fáunidos y humanos, dirigidos por Harald, habían logrado abrirse el paso en la muralla derruida, haciendo retroceder a los soldados del imperio. El comandante de su guardia debería ocuparse de frenar a sus soldados llegado el momento, para evitar el pillaje y la masacre de la población que, asustada, se guarnecía en la ciudadela interior y las lomas de Montolimpo. Era el momento de ir en busca de su Señor.
Conocía aquella ciudad a la perfección y, como aún endosaba su armadura imperial, recorrió las calles con la esperanza de que lo confundiesen con uno de los defensores. El sentimiento de urgencia que las palabras de Tharráleos habían originado crecía a cada paso. Pocos fueron los enemigos que lo reconocieron y ninguno el que vivió lo suficiente para dar la alarma.
Al ascender por las calles de la montaña sagrada, muchas eran las personas que habían acabado agolpándose en ellas. Todos querían huir de la lucha e implorar por su salvación al único Dios que les quedaba. Phistos se vio obligado a subir al techo de los abandonados templos, desde allí continuaría su camino. Gracias a Fortuna, los pocos soldados que había estaban ocupados en detener la masa suplicante de ciudadanos. Fuertes rumores de la lucha llegaron a su espalda; al girarse para contemplar la ciudad, divisó el Puerto del Mediodía azotado con enormes olas que surgían del mar Interior, Agathosune estaba barriendo a los pocos defensores que allí quedaban. También las tropas de Aeneas habían entrado en la ciudadela, aunque no veía a ninguno de los otros Apóstoles; ya era demasiado tarde para intentar avisar a sus compañeros, quizá debería haberlo pensado antes. Los Dados de Fortuna se detendrían en breve.
La lluvia no le permitía ver más allá de las murallas exteriores, pero su llegada había sido una bendición, casi todos los grandes incendios que se originaron durante los primeros días del asedio se habían extinguido. Phistos fue el único que apoyó desde el principio la intención del Mesías de evitar el ataque a la capital del imperio por el enorme coste en vidas que habría supuesto. Se giró dejando la ciudad baja a sus espaldas; en lo más alto de Montolimpo existía un gran templo alzado en honor de la Verdadera Fe y su Dios. Sin duda, allí habría llevado Ischyros al Ungido, los nubarrones negros eran una clara señal de que nada bueno tenía preparado.
Con su arma helada, atravesó el cuerpo de un guerrero puesto como vigía, el hombre murió antes de tocar el suelo y sin darle tiempo ni a gritar, ni a ver la muerte que caía desde el cielo. Phistos escondió el cuerpo tras un torreón, un salto más y habría llegado a la cima.
Fuertes explosiones en la ciudad llamaron su atención. Bolas de fuego se alzaron entre los edificios desde algunos puntos de la urbe, mientras, la energía creadora tomó diferentes formas y colores: los Apóstoles se enfrentaban a los siervos más poderosos de la Verdadera Fe, los Trece Iluminados. Conocía aquellos encantamientos, aunque le resultaba extraño que los Trece, o los que quedaban de ellos, no estuviesen ayudando a su líder contra el Mesías. Ischyros era muy poderoso, pero no lo suficiente como para derrotar al Mesías él solo.
Las campanas de los miles de templos que había en la ciudad comenzaron a sonar de forma alocada, hasta que un único toque proveniente del cielo y con fuerza asordante, profundo e intenso, paralizó el tiempo; por unos instantes nadie respiró y todos se quedaron observando la figura que había aparecido sobre la torre más alta del templo en la cumbre de Montolimpo. Era el Mesías, estaba desarmado y vestía una sencilla túnica blanca. Primero miró a la ciudad, sus ojos estaban cargados de tristeza ante lo que veía, Phistos lo notó; luego empezó a observar las nubes negras que cubrían el cielo, extrañado, como si no encontrase la razón de que estuviesen allí.
Tras el Ungido apareció un guerrero, alto y delgado, llevaba una extraña armadura y una lanza larga. Su fuerte y salvaje melena estaba recogida en una cola alta y tenía la mirada clavada en el hombre frente a él. Aquel era el Último Iluminado. Para los siervos del Mesías resultaba un desconocido, no así para Phistos, que vio materializarse sus peores temores. Su hermano menor, Sidste, había ocupado el puesto que él dejo vacante como Primer Caballero de la Verdad. Quién más amaba estaba a punto de concluir la misión que le habían encargado y que el Apóstol no fue capaz de realizar: convertirse en el asesino del Ungido. Era el peor de los castigos por todo lo que había hecho en pasado.
El Mesías abrió los brazos y, sin pronunciar palabra alguna, murió cuando la lanza del Último Iluminado le atravesó el corazón.
El cuerpo del profeta cayó, un rayo de energía oscura golpeó la parte más alta de la torre haciéndola estallar.
El Apóstol saltó con urgencia, ignorando cualquier precaución de ser visto. No fue el primero en llegar, una figura con luminosa armadura se introdujo en la torre desde su derruida cima. Phistos buscó el cuerpo de su Señor y el de Sidste, no encontró ninguno; angustiado, siguió los pasos de aquel que debía de ser el llamado Guerrero de Luz, un extraño sujeto que había sido avistado en los días pasados combatiendo por diferentes lugares de la ciudad. Sin duda, apoyaba la causa de los Apóstoles, aunque no respondía a ninguno de ellos. Aparecía y se esfumaba a voluntad, siguiendo sus propios criterios. La lucha en Sacromonte se reanudó con el doble de intensidad.
Phistos pasó por las escaleras, los pasillos y los salones del templo como exhalación llevada por el viento, no encontró señales de vida, pero sí de lucha. Su hermano había sobrevivido, los destrozos ocasionados por su arma y sus poderes eran inconfundibles para el Apóstol. Su lanza y la que portaba su hermano eran gemelas, y si la suya tenía una hoja helada, la de Sidste era ígnea.
Abandonó el templo introduciéndose en las profundidades de la montaña, atravesó las galerías que recorrían los cimientos de la ciudad imperial. Iba al máximo de su capacidad. Estaba sucediendo lo inimaginable: el Mesías había muerto y con Él, toda esperanza de verdadera paz. No obstante, quizá pudiera salvar a su hermano y empezar su propia redención con él.
Los encontró en el Salón del Viajero, una sala antiquísima en la zona más antigua y profunda de la ciudad. El Guerrero de Luz había dado alcance a su hermano, que se veía muy debilitado por una terrible herida en el pecho. Sidste, con aspecto salvaje y mirada enloquecida, se defendía de los ataques que su oponente le lanzaba usando su brillante espada. Era un arma de un solo filo y, ahora que lo observaba de cerca, el Guerrero de Luz no llevaba armadura, sino que eran sus extrañas vestimentas las que despedían aquel brillo.
Era un onírido, un miembro del extraño y silencioso pueblo velado, nómadas que ocultaban sus ojos sin que nadie más que ellos supieran el motivo de tal comportamiento. Se les contaba entre los mejores combatientes de La Creación y aquel sujeto era excepcional incluso entre los suyos. Su cuerpo estaba cargado de energía creadora hasta el punto de brillar y sus movimientos eran de una rapidez y precisión letales. Pero su hermano era ya un gran guerrero la última vez que lo vio y, por supuesto, había acrecentado su poder al convertirse en el Último Iluminado.
—¡Deteneos! —gritó Phistos, ninguno le hizo caso.
El Guerrero de Luz saltó hacia delante atacando con la punta de su arma y Sidste la desvió mientras contratacaba con su hoja llameante, su cara se contrajo por el dolor. El arco de fuego que dibujó en el aire con la lanza pasó rozando la cabeza del onírido, quien se había agachado justo a tiempo para evitarlo.
El Último Iluminado, pensando haber logrado la iniciativa, lanzó sendas bolas de fuego contra el Guerrero de Luz que, con calma, volteó la espada a ambos lados de su cuerpo con un único movimiento, al golpear las esferas de fuego estas se disiparon en el aire. Los hermanos quedaron asombrados, nunca habían visto un poder similar.
—Sidste, ríndete y podrás pedir clemencia. Yo te defenderé.
—Tú me traicionarás —dijo el Último Iluminado, su voz estaba cargada de resentimiento— como ya hiciste contigo mismo.
El Guerrero de Luz atacó de nuevo, esta vez de forma pausada, pero sin tregua: una, dos, tres estocadas seguidas, todas mortales y por cuya ejecución parecían imposibles de detener. El verdugo del Mesías hizo uso de todas sus reservas, los ojos verdes se cubrieron de negro y las llamas de su lanza cambiaron también de color. Aquello era nuevo, Phistos nunca lo había visto así. El tercer ataque consiguió penetrar las defensas de Sidste, quien solo pudo desviar la hoja que le produjo un profundo corte en el muslo izquierdo. Los músculos, incapaces de mantener la tensión, cedieron, obligándole a hincar la rodilla en el suelo. El Guerrero de Luz preparó el golpe de gracia, pero al descargarlo, la hoja helada del Apóstol se interpuso en su camino, negándole el triunfo.
—Es suficiente, no puedo permitirte que acabes con él, es mi hermano.
El Guerrero de Luz retrocedió, observando al Apóstol con sus brillantes ojos; a diferencia de los de su pueblo, no llevaba la faz velada y mostraba sus almendrados ojos sin iris ni pupilas.
El onírido miró al Último Iluminado que permanecía arrodillado y a Phistos interponiéndose en su camino en posición de defensa, recuperó la guardia y se preparó para atacar, todavía no había hablado ni pronunciado sonido alguno.
—No lo hagas —suplicó Phistos— o me veré obligado a darte muerte si me es posible. No deseo matar más.
Sidste empezó a murmurar palabras desconocidas para el Apóstol, un brillo color esmeralda apareció por todo el salón. El Guerrero de Luz no esperó más y se lanzó al ataque; Phistos tuvo que usar toda su capacidad para detener al onírido, el cual se movía por la estancia buscando sobrepasar al Apóstol y dar alcance al verdugo. El silencioso guerrero no trató de acabar con la vida de Phistos y este utilizó esa pequeña ventaja que le ofrecía para defender mejor a su hermano. Aun así, el Apóstol no tuvo ni una sola oportunidad de atacar; estaba a la merced del guerrero luminoso que habría podido acabar con su vida en múltiples ocasiones.
Sidste se derrumbó una vez concluido el encantamiento, debilitado por las heridas se había desmayado. Phistos, desesperado, se dio cuenta de que parte del salón había desaparecido, en su lugar apareció una sala oscura que le resultaba familiar; su hermano había abierto una especie de portal mágico para huir.
Un plan descabellado cobró forma en su mente, no tendría más que una oportunidad para ponerlo en práctica. Continuó combatiendo con toda su habilidad, quemando sus reservas de energía creadora, aguantó hasta que la luz verde que iluminaba la sala empezó a calar. Entonces, dio un salto hasta el centro de la sala y clavó su lanza en el altar que allí estaba, canalizando el resto de sus energías en el poder del arma sagrada. Aquello provocó una explosión de hielo que congelaba todo lo que alcanzaba, era imposible de evitar y el Guerrero de Luz solo pudo anteponer su arma y cerrar los ojos antes de quedar atrapado en el frío cristal.
Phistos saltó justo a tiempo para recoger a su hermano del suelo y atravesar el portal mágico que se cerró tras ellos.
El Apóstol, exhausto, se arrastró hasta el cuerpo de Sidste, su aspecto había vuelto a la normalidad, aunque la piel le ardía debido a la fiebre.
—Lo siento mucho.
Eso fue todo lo que pudo decir antes de que la oscuridad lo aferrase.
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