Sobre el Canto de Valia - La Creación

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Sobre La Creación
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Sobre el Canto de Valia
 Canto de Valia.
La memoria es efímera y caprichosa;
Nada en ella resiste por siempre y el azar la vuelve provechosa.
Pero Olvido no niega la existencia;
Y lo que narro, juro, es obra de permanencia.
Estad atentos, pues, a mis palabras y a mi voz;
Y no hagáis caso de mis lágrimas, fruto de la emoción.
Desventuras sin par afrontaron;
Y con puro sentimiento La Creación cambiaron…
Valia corrió con sigilo entre los troncos y las viejas raíces de los árboles. No iba a permitir que la pieza se escapase. Se detuvo, concentrándose en su respiración hasta recuperar la calma. La ligera brisa mecía las hojas que aún no habían caído. El manto dorado de la foresta escondía ramas que con su crujido alertarían al astuto animal. Sin embargo, la cazadora llevaba toda la vida moviéndose por el bosque junto a sus hermanos; no dejaría que ninguno de ellos le robase la pieza y mucho menos que la oportunidad se escapase entre sus dedos. Era su momento. Aferró con fuerza el arco, colocando una flecha en la cuerda. Aguardó el momento preciso antes de tensarlo. Una asesina a la espera de su víctima. El venado apareció tras unos matorrales, magnífico. En decenios, nadie había conseguido dar la caza al Señor del Bosque. Su padre fue el último, antes de convertirse en jefe del clan. Sus hermanos habían llevado a la tribu ejemplares fabulosos, pero que no podían compararse con el soberano. Su crin dorada, perdido con el paso de los años parte de su brillo, envolvía la majestuosa cabeza coronada todavía por una grandiosa cornamenta. Alzó su voz y con un poderoso berrido alcanzó los lugares más lejanos de su reino, dejando constancia de su presencia. El sonido seco del arco llamó la atención del gran ciervo, que miró a los ojos de su asesina y, con honor, aceptó el encuentro de Muerte. Solo las plumas de la flecha permanecieron fuera de su pecho, la punta atravesándole el corazón; con un bramido se despidió de entre los vivos. Había llegado el momento de un nuevo reinado en el Bosque de los Anhelos.
—Lo has matado —dijo una voz sorprendida.
Valia se giró orgullosa hacia su hermano mayor. Estiprus surgió de entre los árboles, con el arco en mano y varios conejos en su cinturón.
—Hermanita, has acabado con el Señor del Bosque. Padre estará muy orgulloso de ti.
Juntos se encaminaron hacia el cuerpo del venado. Estiprus, mucho más fuerte, tiró de la enorme cornamenta para tumbar el cadáver y con su cuchillo extrajo el corazón del animal.
—¿Cómo has acabado con él? —preguntó alguien desde los matorrales.
Apareció entonces Pávidas, uno de los mejores amigos de su hermano mayor.
—No he sido yo.
—Entonces, ¿quién?
La incredulidad del cazador no le hizo reparar en la presencia de Valia, que ni siquiera se molestó, pues detestaba a Pávidas y la forma en que solía mirarla cuando su padre no estaba presente.
—¡Valia! —Fue toda la respuesta que dio Estiprus.
La cazadora recogió la ofrenda que su hermano puso ante ella y bebió la sangre caliente que se derramaba, agradeciendo al espíritu del monarca abatido la fortaleza que adquiriría gracias a él.
—No deberíamos haberla traído —dijo Pávidas—, nada bueno puede nacer de esto. Los sacerdotes se enfadarán en cuanto lo descubran.
Valia miró con rabia al cazador, que hablaba hacia Estiprus ignorándola adrede.
—Eso lo dices porque tú nunca has cazado un venado tan grande —respondió riendo su hermano.
—Tú tampoco, futuro jefe.
—Estiprus no necesita la fuerza del Señor del Bosque, es sabio y nos guiará con coraje…
—Basta Valia, ya conocemos todos el mal perder de Pávidas. Ve a buscar a Jauni, entre los cuatro llevaremos el venado a la aldea, debemos honrarlo. El ciclo se ha concluido.
—Eso, ve a buscar a tu hermanito —dijo Pávidas mirándola de arriba abajo con superioridad— y deja a los hombres que se encarguen de esto. Tus días de cazadora terminarán pronto, disfruta de esta pequeña victoria.
Sin responder, Valia desapareció en el interior del bosque en busca de su hermano pequeño. Era media tarde y aún tenían mucho tiempo antes del crepúsculo. «Ese imbécil de Pávidas, se cree que puede mandar sobre mí», mientras pensaba, un escalofrío recorrió su espalda recordando su mirada lasciva.
Desde su derecha, una sombra se abalanzó sobre ella, derribándola sobre unos arbustos mientras le ponía un cuchillo afilado junto al cuello.
—Vas distraída, hermanita. Te lo dije que antes o después conseguiría vencerte.
—Quítate de encima Jauni.
Le había atrapado un brazo bajo su rodilla, mientras que el otro lo mantenía inmovilizado con la mano, dejando libre la diestra para mantener el cuchillo cerca de su cuello. No había forma de escapar.
—Reconoce tu derrota —afirmó el joven con una sonrisa de felicidad, era la primera vez que conseguía una victoria.
—No es momento de jugar.
La rabia que había acumulado la hizo menearse en busca de una salida, sin embargo, Jauni se sentó con todo su peso sobre su pecho, obligándola a vaciar los pulmones.
—La derrota.
Ella le había enseñado a comportarse así, su hermano pequeño era demasiado bueno y solía ceder a las peticiones de los demás con excesiva presteza. La rabia desapareció por completo. Jauni tenía razón. Ella caminaba distraída por el bosque, sin prestar atención a su entorno, y él se aprovechó de esa debilidad, derrotándola.
—Es justo —concedió al final, sonriendo—, tuya es la victoria, pero ahora quítate de encima, estamos en un zarzal y las espinas duelen.
El joven ni se había dado cuenta de los arañazos que el matorral le había ocasionado durante la lucha, se levantó y ayudó a su hermana a incorporarse.
—¿En qué andabas pensando para ir tan distraída?
—He dado muerte al Señor del Bosque —anunció ella.
—¿¡De verdad!? —Jauni lograba siempre ponerla de buen humor con su entusiasmo—. Padre se va a volver loco, esta misma mañana le escuché decir que no deseaba otra cosa para…
Se detuvo al improviso, aun sabiendo que era demasiado tarde.
—¿Para qué? —Su hermano recogió el arco y las flechas que se le habían caído por allí cerca, ignorando la pregunta—. Jauni, ¿qué es lo que ha dicho padre?
El joven se giró algo atemorizado, no quería que se enfadase.
—Que no deseaba otra cosa para Estiprus. Los sacerdotes han hecho un nuevo augurio, le anunciaron el final de ciclo antes del cambio de estación.
Jauni se quedó quieto, mirándola, observando su reacción. Valia se sorprendió al no sentir enfado alguno, ya se lo esperaba. Para su padre, al igual que para los sacerdotes, su hermano mayor, Pávidas y todos los demás miembros del clan, su futuro estaba escrito. Los sacerdotes lo habían visto y el fuego nunca mentía.
—No te preocupes —dijo con mirada algo triste—, lo que los demás crean no es culpa tuya.
—Pero Valia —Jauni puso una mano sobre su hombro, tendiéndole el arco—, has sido tú quién ha acabado con el venado. Eso pondrá a los sacerdotes furiosos, y a padre más orgulloso, si cabe, de su única hija.
La cazadora volvió a sonreír mientras introducía las flechas en el carcaj. Los sacerdotes se equivocaban, a veces.
—Vamos, Estiprus nos espera, es momento de regresar a la aldea.
Se reunieron con los dos cazadores en el mismo momento en que estos acababan de atar el venado a los troncos para su trasporte. No sin fatiga, los cuatro consiguieron volver a la aldea cuando Helios se ocultaba por el horizonte y el humo de las hogueras se elevaba en el cielo despejado.
Los rumores se esparcieron entre las cabañas con gran rapidez; aquel animal no podía ser otro que el Señor del Bosque y los tres hijos del jefe sonreían sin decir nada a nadie, como les había pedido Estiprus. Tampoco habló Pávidas, aunque a este se le veía disgustado.
Casi toda la tribu se había congregado ya alrededor de la hoguera principal, justo frente al Namai, la gran casa donde dormía el jefe del clan y sus guerreros. Allí dejaron el cuerpo sin vida del gran ciervo y esperaron en silencio la llegada de su padre. Harcownik salió de la casa rodeado por sus guerreros. A pesar de los años, su cabeza rasada se alzaba por encima de la de cualquier otro miembro del clan; excepto su propio heredero; y sus músculos cubiertos de tatuajes parecían hechos de metal. En su espalda lucía la capa de plumas de búho, como correspondía al señor del clan Peleda. Junto a él iba Burimas, el sacerdote de Nihil, con su grasiento pelo gris cayéndole sobre los hombros mientras caminaba apoyado en su vara de hueso. Todos ellos sonrieron al ver el cuerpo del soberano abatido.
—Mis mayores felicitaciones, jefe —dijo el sacerdote—. Tu hijo y heredero te sigue en todo, honrando tu casa. El futuro señor de los Peleda no podría ser más indicado.
Antes de que su padre dijese algo, Estiprus se adelantó:
—No he sido yo quién ha bebido su sangre. —La sonrisa se borró al instante de la cara del sacerdote, mientras Harcownik lo escrutaba con curiosidad—. Sino Valia.
Haciéndose a un lado, dejó que su hermana se adelantara en silencio, mirando desafiante al sacerdote y a su propio padre. El murmullo entre los habitantes de la aldea precedió la algarabía de los allí reunidos, se oyeron gritos de incredulidad, enfado y alegría. Tanto mostraban algunos su enhorabuena, cuanto otros indignación. La expresión de Harcownik era indescifrable, mientras que el sacerdote se había puesto rojo de ira.
—Te lo advertí, jefe. Demasiada libertad concedes a tu hija, olvidas enseñarle cuál es su lugar. —Las palabras de Burimas estaban cargadas de veneno—. Ahora ha robado la gloria a tu propio heredero, el ciclo termina y muchas cosas deben aún cambiar. Destiérrala por esta afrenta al Dios Guerrero, desea lo que no le pertenece.
—En ningún lugar se dice que las mujeres no puedan cazar —gritó Valia incapaz de contenerse por más tiempo—. Yo he afrontado y vencido al Señor, ningún otro ha sido capaz.
—Parir grandes guerreros y reyes, ¿qué mayor honor puede desear una mujer? —escupió el viejo sacerdote, indicándola con su dedo—. El fuego ha hablado: quién te dome gobernará sobre todos los clanes, ese es tu único futuro.
—Lo que un viejo haya creído ver en las llamas no me concierne…
—¡Valia! Es suficiente.
La voz de Harcownik se impuso sobre el murmullo general, silenciando a todos, incluido el sacerdote que seguía indicando a la joven cazadora con su dedo.
—Mi hija me llena de orgullo y ha demostrado que, con astucia y empeño, se pueden lograr las mismas cosas que con fuerza y coraje. Mucho honor trae a mi casa.
Su padre se acercó hasta ella; abrazándola, le dio un beso en la cabeza. Varios de los aldeanos exclamaron alegres.
—Burimas, nuestro Dios quedará satisfecho con la ofrenda de esta noche, no hay razón para tu enfado, viejo; la gloria adquirida por mi hija no disminuye el valor de mi heredero.
Estiprus sonrió mientras su padre le palmeó los hombros, ambos se sentían igual de felices con Valia.
—Sin duda soy el hombre más afortunado de La Creación, Nihil me ha donado tres vástagos de los que sentirme orgulloso. Hoy festejaremos como se debe, por el nuevo Señor del Bosque.
Entre risas y abrazado a sus descendientes, Harcownik se encaminó al interior del Namai, mientras los demás empezaban con los preparativos del festín. Solo el sacerdote se quedó quieto, observando al jefe junto a sus tres hijos.
Esa misma noche, bajo el cielo plagado de estrellas, celebraron el honor adquirido por Valia, con cantos y bailes. Toda la aldea asistió y comió la carne del gran ciervo.  Muchos fueron los que se congratularon con Harcownik y su hija, aunque los más ancianos seguían sin ver con buenos ojos que hubiese sido una mujer la que pusiera fin a un ciclo tan largo. Valia los ignoró y disfrutó del momento. Era joven y bella. Desde pequeña, las peleas con sus hermanos le habían permitido desarrollar un cuerpo fuerte y ágil, además de una gran astucia en combate. Solo Estiprus era capaz de vencerla, pero él era el mejor de todos. Los tres hermanos se amaban demasiado como para que la envidia tuviera cabida en sus corazones. Ninguna otra mujer en el clan se comportaba como Valia, ellas preferían permanecer seguras en la aldea que ir a cazar en el Bosque de los Anhelos o entrenarse con las armas.
—¡Jefe! —gritó fuerte el sacerdote—. Ha llegado el momento de que tu hija ocupe su lugar, no lo retrases más o Nihil acabará ofendido.
Harcownik, desde su trono de madera, giró la cabeza repetidas veces, molesto.
—Viejo cuervo, nunca desistes en amargarme todo momento. Si Nihil mostrase su furia con la facilidad que tú le supones, hace tiempo que La Creación habría ardido. —El jefe se levantó de su sitial y se dirigió hasta su hija, a la que cogió en volandas antes de empezar a bailar entre risas—. No ves la fuerza que se esconde tras estos ojos oscuros; el Dios Guerrero no puede desear mejor compañera.
Valia, con su negra melena cayendo libre y salvaje por la espalda, se había vestido para la ocasión con sus botas, unos pantalones de cuero y una casaca ajustada, todo ello de los colores del otoño. Hacía tiempo que se negaba a llevar los vestidos tradicionales, aunque dejó sus armas en el interior del Namai. Alrededor del cuello llevaba el medallón de hueso que su madre le regaló; su única joya. Era feliz y reía con gusto mientras giraba agarrada por los fuertes brazos de su padre.
La noche trascurrió rauda, las estrellas giraron en el cielo sin que Selene hiciese acto de presencia, permanecería escondida en su morada. Los miembros del clan Peleda siguieron festejando, comiendo y bebiendo, entre risas y con la compañía de la música. De repente, esta se detuvo. Burimas era el causante.
—Te advierto una última vez, Harcownik. La oscuridad se cierne sobre aquellos que ignoran el fuego y la llama. Ha llegado el momento de que tu hija ocupe el lugar que le corresponde. De ella nacerá un nuevo clan, esa y solo esa ha de ser su función como sierva del poderoso Nihil, no lo desafíes retrasándolo más.
La voz del viejo sacerdote atrajo un viento frío. El fuego de la hoguera y su calor, disminuyeron abrumados. Valia había bebido demasiado y estaba cansada; antes de que pudiese responder escuchó la voz de su padre.
—¡Maldito seas sacerdote! Con gusto te arrancaría la piel si no fueses el elegido del Dios Guerrero, pero tienes razón en una cosa: mi hija se ha hecho mayor, es toda una mujer. Haced saber que el último día del verano, celebraremos su compromiso nupcial. Y ahora vete, pájaro de desdichas.
El corazón de Valia se detuvo y el aire se negó a entrar en sus pulmones; sin embargo, nada se pudo comparar con el frío que recorrió sus huesos al escuchar la siguiente voz:
—Yo combatiré por el derecho de unirme a ella —afirmó rotundo Pávidas.
Valia saltó la empalizada que rodeaba la aldea, oculta por las sombras y aprovechando que la mayoría de los centinelas habían participado en los festejos, fue en busca de la soledad. Después del anuncio, huyó al interior del Namai, donde cogió el arco, las flechas y su largo cuchillo, y salió sin que nadie la viese, ni siquiera sus hermanos, que la fueron a buscar, pues la conocían bien. Pero Valia estaba demasiado enfadada como para hablar con ellos. Sentía la furia creciendo en su interior.
***
Caminó entre los árboles del Bosque de los Anhelos hasta que empezó a calmarse. «No lo consentiré, madre»; pensaba en ella cuando se sentía perdida. La echaba muchísimo de menos. Meile y Jauni siempre fueron los que habían contenido sus ataques de ira, él envolviéndola en su entusiasmo; su madre con comprensión y amor. En cambio, Harcownik y Estiprus, aun amándola sin reservas, creían saber lo que era mejor para ella. Al igual que los sacerdotes y todos los miembros del clan. «Cada uno tiene su lugar en el mundo, aceptarlo no es una derrota». Hacía tanto tiempo que su madre se había marchado, que sus palabras resonaron como un eco lejano. «¿Qué ocurriría si alguien no desease ese lugar y buscase otro mejor?», aquella pregunta había permanecido sin respuesta desde que era niña, ni siquiera Meile consiguió llenar ese vacío con el que Valia creció: «¿por qué deberías buscar otro lugar? Nihil, en su sabiduría, sabe lo que es mejor para ti».
El resplandor de una luz blanca entre los árboles llamó su atención. «Selene no puede ser, hoy está oculta» pensó. El brillo empezó a moverse entre la maleza, creando sombras fantasmagóricas a su alrededor.
—Caminantes de los Sueños —susurró.
Visitar el bosque tras la caida de Helios estaba prohibido, muchas eran las leyendas que narraban los horrores ocultos en la oscuridad de la noche. Valia preparó una flecha. «Quizá ahora que el Señor del Bosque ha muerto, los Caminantes se muevan con libertad por sus dominios». El miedo se abrió el paso hasta su corazón y entabló una lucha contra la curiosidad que allí anidaba. Ninguno de los dos sentimientos obtuvo la victoria, por lo que Valia empezó a moverse, acechando. El resplandor se dirigió hacia la laguna, donde existía un pequeño claro. La cazadora se apostó junto a dos grandes robles que la mantendrían oculta. Entonces lo vio, junto a la ribera. Era delgado y alto, más que su padre o Estiprus, su cuerpo desnudo dejaba en vista unos músculos fuertes y fibrosos, y su larga melena oscura caía desde una cola alta. La luz blanquecina emanaba de él. «Es bello» pensó, aunque solo conseguía verlo de perfil. Con miedo a moverse, continuó observando al hombre mientras se zambullía en las aguas tranquilas. Trascurrió mucho tiempo hasta que resurgió de nuevo. En su mano llevaba una extraña espada de un solo filo y la luz se estaba extinguiendo. Antes de que la oscuridad lo rodease, miró directamente a Valia. La cazadora quedó petrificada, jamás olvidaría la profundidad de aquellos ojos almendrados. Y el vacío de su interior desapareció.
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